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12 de noviembre de 2025 hostelerasmuscomunidadcompra-compartida

Viví en un hostel Erasmus tres meses. Tres compañeros distintos compraron mi bici prestada

Inga, 22 años, sueca. Llegó a Madrid sin saber dónde iba a vivir. La bici fue casi una hostal-mascota durante los primeros 90 días.

I
Inga Lindgren
Estancia · varias unis · Madrid · Estocolmo, Suecia
"La bici la pagué yo. Pero la usábamos cuatro chicas en rotación durante el primer mes."

Llegué a Madrid el 4 de septiembre con 80 € en el bolsillo, una mochila de 50 litros y reserva de dos semanas en Sungate One, el hostel grande de plaza de Tirso de Molina. No tenía piso. Mi plan era llegar, buscar piso, mudarme. Tardé tres meses en encontrar piso y firmar contrato. Tres meses en hostel.

En ese tiempo pasaron por mi habitación de cuatro literas catorce compañeras distintas, de ocho países. Y la bici que compré la segunda semana fue, sin querer, propiedad rotativa.

Por qué necesitaba bici desde el día 7

Sungate está en pleno centro. Mi primera obligación era ir a tres entrevistas — con la oficina de Erasmus de mi universidad de origen, con el banco para abrir cuenta, con una academia de español donde me apuntaba a un curso. Las tres oficinas estaban en barrios distintos: Argüelles, Avenida América, Lavapiés.

Día 1 al 4: probé Bicimad. Funciona bien, pero las estaciones llenas en Tirso de Molina son un drama por la mañana. Día 5 al 7: probé el metro. 1,50 € el viaje, abono mensual no vale la pena para tres meses. Salí ya a 25 € de transporte.

Cálculo rápido: si compraba bici barata y la usaba 90 días, era más barato que metro y más fiable que Bicimad. Decisión.

La compra

Me dijo una compañera del hostel — una griega que llevaba un mes — que mirara MadridBikes. Le pregunté si tenían algo barato.

Carlos me respondió en mi tercer mensaje WhatsApp: “Tengo una BH Topa azul con muchos kilómetros encima pero rueda. La he restaurado para venderla por 95 €. Si te encaja, te la dejo en una hora”. Pregunté qué quería decir “muchos kilómetros”. Me dijo: “Funciona perfectamente pero estéticamente es honesta. No es bonita. Vivió”.

Es lo que necesitaba. Quedamos a la mañana siguiente en Tirso de Molina. La bici tenía un asiento desgastado, una pintura azul desconchada en el guardabarros, las cubiertas con texto borrado de la marca. Carlos me dijo, “si te la roban, no será una pérdida grande, pero rueda como una nueva”. La confiance que me dio Carlos fue importante: yo apenas hablaba español, y él me lo explicó todo en inglés correcto.

Pagué 95 € + 25 € de un U-lock barato + foto del cuadro registrada en mi móvil para denuncia eventual = 120 € total.

Cómo se convirtió en bici comunal

Volví al hostel con la bici. La dejé atada en un poste cerca de la puerta. Mi compañera griega, Eleni, la vio y me preguntó si podía probarla un momento para ir al supermercado. Le dije que sí. Era jueves.

El sábado, otra compañera del hostel — Amanda, de Argentina, llegada un día antes — me preguntó si podía cogerla 20 minutos para ver una zona donde tenía visita de piso. Le dije que sí.

A los dos días, Lucía, mexicana, también llegada nueva, me pidió la bici para ir a Lavapiés. Empecé a darme cuenta de un patrón: el hostel está lleno de gente que necesita la bici el primer día y no tiene cómo conseguirla. Yo era la única con bici en mi habitación.

Hablé con la dueña del hostel, una señora simpática que se llamaba Pilar. Le pregunté si podía dejar la bici en uno de los aparcamientos internos. Me dijo que sí, y que cobraría 1 € al día. Yo accedí.

Después de eso, monté un sistema sin haberlo planeado: la bici se podía pedir prestada por horas a cambio de 2 € (1 € a Pilar por el aparcamiento, 1 € a mí por mantenimiento simbólico). Las compañeras nuevas la usaban para reconocer Madrid los primeros tres días, antes de tener su propio sistema.

En los tres meses pasaron por mi bici once usuarias distintas. La cosa funcionó hasta que tres de ellas, después de un mes en Madrid, decidieron comprar la suya. Y todas tres volvieron a MadridBikes, con mi recomendación.

Carlos me mandó un WhatsApp en noviembre: “Inga, tres clientes nuevos del hostel. ¿Estás haciendo embajadora?”. Le dije que sin querer.

Lo que aprendí

Hay un fenómeno en los hostels Erasmus que las empresas no aprovechan: la red social de transmisión rápida. La gente llega, se encuentra con cinco-seis compañeras nuevas, intercambian recomendaciones en una semana, y replican lo que la primera persona hizo bien. Mi bici fue ese mecanismo orgánico.

Si yo hubiera tenido una bici cara, no la hubiera prestado a nadie. La que tenía — fea, robusta, con historia — circuló por once manos sin que pasara nada.

Cuando me mudé a piso en diciembre, le vendí la bici a Eleni, la primera griega que la había probado, por 60 €. Ella la usó otros tres meses y la vendió a otra. Carlos me dijo que la bici sigue circulando por el hostel ahora mismo, en su quinta o sexta dueña.

Eso es economía circular real, no la versión de marketing.


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