Primer mes en Madrid sin saber español: la bici fue mi mejor amiga
Anna, noruega de Trondheim. Llega a la Complutense en septiembre. No habla español. Pedalea para no estar quieta.
"En Oslo todo el mundo va en bici hasta los seis grados bajo cero. Llegar a Madrid y ver que la bici era cosa de pocos me confundió."
En Trondheim, donde crecí, todos vamos en bici. Mi madre va en bici al hospital donde trabaja, mi padre va en bici al puerto. Yo iba en bici al instituto incluso a 6 grados bajo cero, con guantes y ropa térmica. La bici no es un hobby en Noruega, es transporte.
Llegué a Madrid el 4 de septiembre con dos maletas y una mochila. Lo primero que noté en el camino del metro al piso compartido en Embajadores fue que había muy pocas bicis. Coches sí, motos sí, gente andando sí. Bicis, las justas. Pensé que era un fenómeno de barrio. No lo era.
Por qué me hacía falta
Mi piso estaba en Embajadores. Mi facultad, Geografía, en Ciudad Universitaria. En metro: Embajadores → Manuel Becerra (línea 1) → transbordo a línea 6 → Ciudad Universitaria. 45 minutos con dos transbordos y mucho subterráneo. En bici, según Google Maps: 27 minutos por Argüelles.
Pero había otra cosa, más importante para mí: no quería estar parada.
Llegué sin hablar español. Nada. Ni hola. Tomaba clases en inglés porque el departamento de Geografía aceptaba alumnos Erasmus en inglés, pero todo lo demás de mi vida — el supermercado, el panadero, el conserje del piso, la chica del bar de la esquina — era español. En el metro estaba parada 45 minutos cada mañana mirando a gente que no entendía. Me deprimía sin darme cuenta.
En la bici no tienes tiempo para deprimirte. Estás concentrada en no atropellar a un señor que cruza Bravo Murillo sin mirar.
El proceso de compra
El primer error que cometí fue intentar comprar en Wallapop yo sola, sin español. Mandé mensajes en inglés a tres vendedores. Uno me contestó en español copiado y pegado del traductor, los otros dos me dejaron en visto. La diferencia cultural — la gente en España responde por WhatsApp llamada de voz, no por mensaje, y yo no me atrevía a llamar — me hacía ineficaz.
Una compañera del piso, una chica española de Valencia llamada Lucía, me dijo: “there’s this people, MadridBikes, they handle the whole thing. They do it in English.”
Carlos, el mecánico, no habla un inglés perfecto pero suficiente. Y si no, lo apaña con gestos y con su asistente Patricia, que sí. Para mí, esto fue un alivio enorme. No tenía que actuar en español para resolver el problema más urgente de mi mes.
Les conté lo que necesitaba: una bici de ciudad, robusta, no rápida, no llamativa. Que pudiera ser mi caballo de batalla durante 9 meses. Acordamos que la buscaban ellos.
A los 5 días me mandaron una foto: una Cilo Imperator del 87, color verde oscuro, fabricada en Suiza. Cuadro de acero Reynolds. Manillar recto. “Nos parece tu estilo”, escribió Patricia. Acepté.
Costo: bici 60 € + taller 75 € = 135 €. Más 25 € de búsqueda (decidieron no cobrar inspección porque la bici era de un cliente recurrente). Total 160 €.
El primer mes con Cilo
La recogí el 15 de septiembre. La llamé Cilo Imperator, así, completo, porque me hacía gracia el nombre como si fuera un caballo de la serie La Casa de los Dragones.
Día 1. Embajadores → Ciudad Universitaria. 38 minutos con tres paradas para mirar el GPS. Llegué sudando pero feliz.
Día 5. Lo conseguí bajar a 24 minutos sin paradas. La ruta: Embajadores → Atocha → paseo del Prado → Cibeles → Recoletos → Argüelles → Moncloa → Ciudad Universitaria. Casi recta, casi llana.
Día 12. Aprendí mi primera frase entera en español hablando con un señor que me preguntó si la Cilo estaba en venta cuando la dejé atada en la cafetería de la facultad. Le dije: “No, es mía, lo siento”. Él se rió porque mi acento. Pero funcionó.
Día 23. Empecé a tomar caminos paralelos al carril bici porque ya conocía Madrid lo suficiente. Las calles del barrio de Salamanca son anchas y tranquilas a las 8:30. Pasaba por delante del Bernabéu cada mañana sin querer.
Día 30. Hice mi primera amiga local en Madrid. Una chica que también iba en bici y nos cruzábamos en Recoletos cada lunes. Un día paramos en el mismo semáforo y me preguntó “¿de dónde eres?”. Le dije, en mi español de niña pequeña, *“de Noruega”. Hablamos en spanglish hasta el siguiente semáforo. Se llama Inés y trabaja en una agencia de comunicación. Hoy somos amigas.
Lo que aprendí
La bici me dio velocidad de adaptación. En metro, los primeros 30 días los hubiera pasado mirando al suelo. En bici, los pasé moviéndome por la ciudad y eso aceleró todo: la geografía mental de Madrid, las primeras conversaciones casuales (en semáforos, en aparcabicis), el sentido de pertenencia.
A las extranjeras que llegan a Madrid solas y sin español les diría: conseguid una bici cuanto antes. No por la velocidad de transporte. Por la dignidad de no estar siempre quieta esperando que la ciudad os incluya.
¿Acabas de llegar a Madrid y quieres una bici sin tener que negociar en español? Hablamos noruego, italiano, inglés, alemán, francés y madrileño. madridbikes.com/?ref=blog-anna.